Nina Nikanórova: amor insaciable por la danza y la gente
El 1 de Octubre de 1947 llegó a Venezuela una singular bailarina originaria de Tver, Rusia, que a sus 24 años de edad, había sufrido muy de cerca los avatares de la guerra. Para Nina Nikanórova, aquel día comenzó un nuevo camino que la llevaría a convertirse en la pionera del ballet clásico en el estado Carabobo y en la docente de miles de alumnos voraces que han pasado por su escuela en los 57 años que tiene abierta al público.

Para quien se iniciara en el arte de danzar como una travesura hecha a escondidas, hubiera resultado imposible imaginar hasta dónde la llevaría lo que George Ganges, bailarín del Teatro Bolshoi de Moscú, le enseñara cuando a temprana edad y por pura curiosidad, ella se dispuso a aprender. “Tuve la suerte de tener un maestro excelente”, asegura la conocida hoy como maestra Nina, quien ha demostrado que lo aprendido hace más de siete décadas, le durará “por toda la vida y más”.
Esta mujer de llamativos ojos claros se niega a hablar de sí misma, ya que afirma: “eso está rayado”. Sin embargo, su historia es digna de ser contada decenas de veces, ya que su labor como docente ha tocado la vida de muchos que, como ella, portan una pasión innegable por la danza.
El mayor mérito de Nikanórova es el haber establecido, en principio completamente sola, la Escuela de Ballet Clásico que lleva su nombre, la cual funciona en la ciudad de Valencia desde el año 1948, signada desde sus inicios por ser pública y cuyos principales objetivos fueron siempre formar artistas de la danza y formar un público capaz de apreciar este arte.
No obstante, esta talentosa bailarina participó también en otros proyectos importantes como lo fue la creación del Grupo de Danzas Modernas de la Universidad de Carabobo, la enseñanza de esta disciplina en el Liceo Pedro Gual durante una década y de forma particular, tanto en Caracas, como en el estado Carabobo.
Desde los inicios de la escuela, se empezaron a producir espectáculos anuales en los que se destacaban excelentes niveles coreográficos, creativos y musicales, que de forma inmediata dieron de qué hablar. A pesar de haberse presentado con sus alumnos gran cantidad de veces en escenarios tan importantes como el del Teatro Municipal de Valencia, Nikanórova se preocupó siempre se llevar sus obras a lo largo y ancho del país y también a aquellos lugares en los que la gente usualmente tenía poco acceso al arte; “siempre con mucho entusiasmo de hacer las cosas”.
“Eso dio pauta para que la gente se entusiasmara con el ballet”, asegura la entrevistada, resaltado que “los espectáculos fueron gratuitos durante muchísimos años”. Hasta la actualidad, la maestra Nina ha creado más de 500 obras, entre piezas completas de ballet, divertimientos y piezas cortas de diferentes estilos. Esto hubiera resultado imposible de realizar si no fuese por la arraigada disciplina, propia de esta mujer, que no pertenece “a ningún país sino a la danza”.

Una escuela de ballet para Valencia
En un principio, la Escuela de Ballet Clásico “Nina Nikanórova” funcionó en la conocida como Casa Páez, como parte del Instituto de Bellas Artes. En el año 1954, la sede fue mudada a la calle Libertad, a un edificio que fuera antes cuartel general. El espacio que le correspondió al ballet tenía una entrada independiente, cuatro habitaciones, baños, un hall y un salón para impartir las clases. Con ese solo salón trabajó la escuela durante mucho tiempo, atendiendo a un promedio de 250 alumnos por año.
No es sino hasta el 1 de Enero de 1964, que Nikanórova es nombrada por decreto, directora de la Escuela de Ballet. Ese mismo año, adquiere personalidad jurídica el Conjunto Coreográfico “Nina Nikanórova”, con la finalidad de promover las actividades artístico-divulgativas con los egresados y alumnos más avanzados.
En la década de los 70 surgen las competencias internacionales de ballet, lo cual constituyó un nuevo incentivo que motivó a Nina y a sus alumnos a trabajar con más empeño. “A través de una revista norteamericana yo descubrí que habría una competencia en Bulgaria y las alumnas que estaban más avanzadas comenzaron a prepararse para ir”, recuerda la veterana.
A partir de allí, quienes pasaron por la escuela se formaron para dar la talla a nivel mundial, lo que poco tiempo después dio resultados positivos, logrando algunos egresados hacer de la danza una profesión.
Luego de haberse establecido durante 50 años en la misma sede, en el 2000 la Escuela de Ballet tuvo que mudarse por disposición de la Secretaría de Educación, trasladándose provisionalmente a la Escuela de Teatro “Ramón Zapata”. Este ha sido sin duda alguna un obstáculo difícil de sobrellevar, ya que ni siquiera se cuenta con un salón propio y por ende el horario también es restringido. “Tuvimos un vacío que ha sido difícil de sobrellevar; tuvo un impacto muy severo en la continuidad del trabajo que se estaba haciendo”, revela Helena Sokolova, hija única de la maestra Nina, quien ha desempeñado importantes labores dentro de la escuela.
“La alcaldía de Naguanagua ha donado un terreno para la escuela de ballet, ahora falta que se construya la edificación”, acota Nikanórova, quien se encuentra a la espera de que su academia algún día llegue a tener una sede propia, luego de haber existido durante casi seis décadas en diversos espacios.

Una mujer admirable
“Yo trabajé 57 años, las 24 horas menos las de sueño. Todos: mi hija y mis nietos crecieron en mi escuela (…) Me gusta la gente, trabajé para la gente”, éstas son palabras de Nina Nikanórova, quien tiene razones de sobra para sentirse orgullosa de sus innumerables méritos.
Afirma que aun hoy su meta es “tratar de ayudar a los demás mientras pueda (…) aportar algo a la gente, que conozcan lo que yo y crezcan a través de la danza”. “Mi familia, mis alumnos y mi arte son lo más importante para mí”. Modestamente acota que sola no hubiera podido lograr nada y que sus logros se deben a que siempre consiguió apoyo.
Esta respetada eminencia tuvo siempre una particular preocupación por realizar labores sociales y de sensibilizar al público hacia el arte. Esto de debe, según sus propias palabras a que desde sus inicios le llamó mucho la atención el interés que mostraron las personas, en su mayoría muy necesitadas, de que sus niños aprendieran y conocieran lo que es el ballet, el cual “es bueno para la vida”, quien lo practica “no necesita ninguna otra distracción”.
Pese a todo esto Nikanórova manifiesta: “para mí fue muy duro”, refiriéndose principalmente al ámbito económico. Tiene la creencia de que el hecho de no haber pensado nunca en dicho aspecto, no le permitió “dejar a Valencia una compañía estable de danza, para que el talento no se riegue”, “lo único que yo lamento es que eso no se pudo lograr”, ya que debido a esto el ballet todavía no es una profesión rentable en Venezuela.

Un premio verdaderamente útil
Durante su larga trayectoria profesional, Nikanórova ha recibido gran cantidad de premios, reconocimientos y galardones tales como: la Orden “Sol de Carabobo” en sus tres grados (1974, 1990 y 2004), la Orden Cámara de Comercio de Valencia en su 2da Clase (1984), el Premio CONAC de Danza (1993), entre otros. Sin embargo, ella sostiene que a pesar de que estos “son muy bonitos”, “esa no es la ayuda que necesita uno”.
Es por ello que el haber recibido el Premio Nacional de Cultura, mención Danza, período 2002-2003, tuvo especial relevancia para la maestra Nina. En nuestro país, éste es el máximo galardón institucional que se concede en reconocimiento a la trayectoria profesional de los artistas, quienes deben tener un mínimo de 30 años de destacada labor y haber contribuido con su obra al fortalecimiento, valoración y consolidación de la disciplina que representan, para poder merecerlo. El mismo incluye, además de un premio monetario otorgado al momento de entrega de la medalla y el diploma, una asignación de honor vitalicia mensual.
”Ese premio me cayó bien bueno”, confiesa la entrevistada, agregando que el haber recibido el premio en cuestión “fue una sorpresa agradable”. “Se me resolvió el problema, ya no tengo que pedirle a nadie nada”, acota luego de aclarar que el monto que recibe por su jubilación como docente no le alcanza para cubrir sus gastos en medicinas. “Yo lo agradezco muchísimo”, concluye Nina, dejando en evidencia la satisfacción que siente al saber valorado el esfuerzo de años de arduo trabajo.










