Franz Rísquez: “El diseño es un sentimiento”
Este arquitecto caraqueño que hace ya algún tiempo se vino a esta tierra valenciana a “probar algo nuevo”, tiene ya más de 10 años trabajando para el gobierno regional en la restauración de todos esos monumentos que nos recuerdan la historia de donde venimos. En medio de las instalaciones del Capitolio, sede del gobierno Carabobeño, nos contó sobre sus inicios y de cómo logro llegar hasta donde está.

Cuando somos niños muchas veces jugamos a que somos doctores, actrices, cantantes, modelos, maestros, en fin, algún rol que esté de moda. Algunos más conservadores juegan a desempeñar el mismo trabajo de su “papi” o su “mami”, y otros no se imaginan qué serán de grandes hasta que tienen que decidirse porque el tiempo ya se les viene encima. Pero, ninguno de estos casos es el del personaje de hoy.
Franz Rísquez Clemente fue un niño que desde la tierna edad de 5 años supo lo que quería ser “cuando fuera grande”. Tanto así que se puede decir que sus inicios se remontan a una visita que realizó con su madre a la casa del modista, y se sorprendió de cómo aquel hombre creaba un hermoso vestido de un pedazo de tela. En ese momento decidió que eso era lo que quería: “de la nada hacer algo”. Fue así como comienza a interesarse por el diseño y todo lo referente a esta carrera, área esta en la que se gradúa y en la que trabaja durante mucho tiempo con diferentes arquitectos en la ciudad de Caracas.
A la par de esto, estudia arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, carrera que culmina según opinión de él mismo con “mucho sacrificio”. Sus primeros años de ejercicio profesional los pasó en Caracas, donde fundó su propio estudio de diseño y arquitectura y con el que logró cosas bastante importantes. El diseño de interiores fue el área más trabajada por Rísquez con su estudio. Recuerda una vez en la que le tocó diseñar unos muebles de una pareja de recién casados al estilo de “Hello Kitty” que era la figura preferida por la esposa. Para Rísquez este fue un reto bastante interesante porque nunca había realizado un trabajo de esta naturaleza y debió meterse de lleno en el mundo de este personaje, conocer todos sus detalles y así lograr canalizar los gustos de esta señora en el diseño de unos muebles funcionales y atractivos.
Como “bastante enriquecedora” define Rísquez esta experiencia porque aprendió de algo que nunca había hecho y comprendió que como arquitecto se “puede hacer muy feliz o infeliz a una persona, porque el arquitecto se debe a las personas, el producto de tu trabajo va a ser un patrón capaz de cambiar la conducta del ser humano”. Claro, todo depende de la forma como cada quien haga su trabajo. “Yo no comparto mucho con las mezquindades, y creo que eso no pertenece a la esencia del ser humano”.

Todo iba muy bien en Caracas, pero un buen día y sin más ni más a Franz Rísquez se le ocurre probar nuevos rumbos: “conocer qué pasaba más allá”. Razón ésta que lo motiva a dejar su ciudad natal, y a agarrar sus maletas para venirse a probar suerte en Valencia. Nunca se imaginó aquel joven arquitecto que se define a si mismo como “Malcriado, generoso e inteligente”, que su destino le tenía preparado un montón de sorpresas en estas tierras en las que no tenía familiares sino únicamente “amigos muy queridos”.
A su llegada aquí se sorprendió del estado de la ciudad, pues según su opinión, estaba muy fea y descuidada. Recuerda que a los tres días de llegar a la ciudad se preguntaba: “¿Para que me vine yo para acá?”. Sin embargo, no se dejó amilanar por esto y se dedicó a conocer bien la ciudad y a investigar su historia. Y se dio cuenta que Valencia era una ciudad muy bella que le hacía falta cuidado y atención. Se deslumbró con la belleza del “Parque Recreacional Sur” y se preguntó porqué la ciudad había desviado su rumbo, porque para que se hubiesen construido semejantes edificaciones en aquella zona, era obvio que el crecimiento de la ciudad se había previsto para el Sur y no para el Norte como ha pasado en los últimos años.
Todo esto ocurría en el año 1991 y el rumbo de Rísquez en Carabobo no estaba del todo definido, hasta que un día decidió llevar su currículo a la oficina de Secretaría de Obras Públicas: “Sin ninguna afiliación política o conocido en el gobierno me llamaron para trabajar”. Desde entonces se dedicó al “embellecimiento” de Valencia, al rescate de sus lugares más emblemáticos. Actualmente desempeña los cargos de Presidente de Fundapatrimonio y Coordinador del Museo de la ciudad “Quinta la Isabela”

El primer trabajo que como arquitecto le tocó desempeñar a Rísquez en su nuevo puesto fue terminar y equipar la residencia oficial del Gobernador del estado: “La Quinta Carabobo”, experiencia que él mismo describe como “un trabajo hermosísimo”. Su segundo reto fue el de restaurar y equipar el Capitolio, una edificación que representa una parte importantísima de la historia de Carabobo, y que en sus inicios fungió como una cárcel de mujeres y luego pasó a ser un convento. Hoy por hoy es la sede del Gobierno de Carabobo y representa una pieza de un valor histórico incalculable para la región.
Este trabajo fue el que trajo para Rísquez las mayores satisfacciones porque no era nada más restaurarlo para que se viera mejor, era un trabajo que requería de mucha dedicación para poder otorgarle la dignidad necesaria a un edificio que data de los años de 1700… “Poder mostrarle a la gente las bondades de la edificación, demostrarles que si era posible hacer algo que pasara los límites del estado. Cuántos gobernadores no han venido y se quedan maravillado con un trabajo que se hizo con una gran voluntad”.
Otra de las labores realizadas por Rísquez y que siempre serán recordadas por la colectividad fue la restauración del conocido “Palacio de los Iturriza” hoy denominado Museo de la Ciudad “Quinta La Isabela”. De este trabajo en particular guarda hermosos recuerdos. “Cuando se comenzaron a realizar las reparaciones en la “Quinta la Isabela” las personas que circulaban por las calles se detenían a preguntar: ¿De verdad la van a arreglar? Y comenzaron a traer restos de lo que originalmente pertenecía a la Casa: pedazos de baldosas, azulejos, pedazos de ventana, que finalmente nos ayudaron a reconstruirla”. Para Rísquez esta fue una tarea hermosa que demostró que los valencianos sí tenían un sentido de conservación por lo que tenían y que aunque en esta casa no sucedió ningún hecho trascendental para la historia del estado, sus habitantes la hicieron parte de ellos.
Además de esto, Rísquez también incursionó en el área de la docencia. Desde hace algún tiempo es docente del instituto “Santiago Mariño” en la carrera de arquitectura. En sus clases se encarga de inculcar en sus alumnos el valor de conservar las edificaciones que se hicieran otrora y que son símbolo de las diferentes épocas del diseño en Venezuela.
Con respecto a este tema mostró bastante interés en hacer llegar a través de los medios de comunicación un mensaje a los arquitectos de las nuevas generaciones que, quizás por desconocimiento, destruyen obras que realmente tienen un gran valor. Como ejemplo de esto tomo la Urbanización “El Viñedo” donde, en su opinión, existían casas de un diseño impecable y que fueron destruidas con la construcción de la famosa “calle de los cafés” y no es que se oponga a la proliferación de locales de este tipo, no, sino que es mejor saber distribuir los ambientes y acondicionar estas casas para que sean funcionales estos negocios sin tener que destruirlas.
Para terminar, el Sr. Rísquez quiso hacer un llamado a todos los habitantes de esta bella ciudad llamada Valencia, a cuidar de ella como lo que es: un hermoso lugar en el que vivimos y que no debemos descuidar. No sólo es necesario cuidar las cosas cuando estamos de visita en otros países porque aquí mismo en Venezuela hay bellezas que se comparan con cualquier otro lugar en el mundo y debemos mostrar por ellas aún mayor respeto por ser nuestras. Especialmente los jóvenes deben aprender la historia de nuestras ciudades para poder comprender de donde venimos y así querer y respetar mucho más el lugar donde nacimos y al que le debemos tanto.










