Juan Monzón: una vida por la libertad y danza


Su pasión por la danza es fácilmente reconocible con sólo observar su labor y trayectoria en este arte a lo largo de los años en Venezuela. Amante de la improvisación y la libertad en el movimiento, Juan Monzón constituye hoy día uno de los máximos exponentes de la danza contemporánea en nuestro país.


Quien es actualmente director de Valencia Danza Contemporánea, la compañía de danza residente del Teatro Municipal, ha sido objeto de numerosos galardones y reconocimientos como el Premio CONAC de Danza, Premio Grishka Holguin y el Premio Regional de Danzas de Carabobo.

Monzón llegó a tierras venezolanas desde Santa Cruz de Tenerife, en las Islas Canarias, cuando tenía 11 años. Desde pequeño disfrutaba las películas musicales de Fred Aistaire y Jimmy Rogers. Tanto le llamaba la atención el baile que colocaba herraduras en las suelas de sus zapatos para danzar con ellos y entender cómo lo hacían sus estrellas.

Cuando arribó a Caracas en 1956, como todo inmigrante y debido a la muerte de su padre, se vio en la obligación de trabajar, siendo su primer oficio un cargo en un restaurante designado a alimentar trabajadores y más tarde como office boy en diferentes oficinas.

Una vida danzando

Aún para la fecha, no había recibido lecciones hasta que un amigo que conocía su anhelo de bailar, lo condujo hasta Grishka Holguin, quien para entonces ya era un gran maestro y se convirtió en el pionero de la danza contemporánea en Venezuela. “Yo fui a esa primera clase y quedé fascinado”, recuerda Monzón con entusiasmo. Holguin le negó hacer ballet pues siempre quiso romper el esquema de lo clásico que para entonces era lo único que existía en el país, pero esto no fue problema para este joven deseoso de bailar. “A mí me encantaba su técnica, creo que el sentido de improvisación que tengo me lo creó él”, indicó con aires de agradecimiento.

Así, logró absorber cada enseñanza y cada detalle de Holguin y fue aquí donde conoció a José Ledezma, su amigo y colega con quien trabajó en el arte de la danza por muchos años. En 1959, luego de seis meses de haberse iniciado en la disciplina, logra bailar en el escenario del Teatro Nacional demostrando su talento innato para la danza. “Yo soy la segunda generación de danza contemporánea en Venezuela” manifiesta Monzón indicando que entre su trabajo diurno como office boy y en la noche como bailarín, acumuló unos cuantos años de experiencia y aprendizaje en la disciplina de la danza contemporánea, los cuales le ayudaron a convertirse en el creador de danza que es hoy día.


Más adelante se crea “Danzas Venezuela”, bajo la dirección de Yolanda Moreno, y Monzón fue invitado a formar parte de la misma, agrupación que no sólo estaba compuesta por bailarines, sino también por músicos, escenógrafos, diseñadores, entre otros. “Era teatro de calle (…) nos íbamos en grandes autobuses a todas partes, bailamos por toda Venezuela”, afirmó Monzón, quien se unió a dicha agrupación debido a la oportunidad que representaba y por su necesidad de un soporte económico que no lograría obtener en su escuela original.

Con Danzas Venezuela bailó por unos años, durante los cuales se enriqueció y compartió la experiencia con otros grandes artistas como José Ledezma, Sonia Sanoja, Miró Antón -con quien se inició en el ballet-, entre muchos otros. Después de un tiempo decide retirarse de la compañía y le es ofrecido trabajar en Radio Caracas Televisión; a pesar de no ser de gran agrado el trabajo frente a las cámaras, aceptó porque aquello le permitiría continuar con el baile.

Paralelamente a la televisión, donde tuvo la oportunidad de formarse con Sandra Lebrock, destacada bailarina de jazz, trabajó en diferentes agrupaciones a lo largo de los años entre los que destaca su trabajo con Sanoja. Luego se retiró de las cámaras para volver a la danza en su esencia, pero al poco tiempo, se inicia en Venevisión donde trabaja con Joaquín Riviera. Al mismo tiempo, estaba a cargo de un grupo de danza de la Universidad Central de Venezuela en compañía de Ledezma.

“En Venevisión ganaba ocho mil bolívares al mes, mientras que en la universidad ganaba 500, y yo (en la UCV) era maestro, coreógrafo y bailarín, pero yo era feliz, eso era lo que quería hacer, y a mí no me importaba lo que me pagaban, porque yo nunca hice la danza por dinero. Uno como artista eso no lo hace jamás, no tiene sentido para nosotros” aseveró Monzón.


Riviera le pedía realizar montajes para la televisión, pero Monzón se negaba pues no apreciaba por completo este tipo de bailes. “Yo siempre he creído en la danza como arte y no como divertimento. Lo que yo hacía en la televisión era divertimento y no tenía nada que ver con el arte de la danza”. A esto agregó: “poner yo mi creatividad al servicio de esto (en lo) que no creía, (sentía que) estaba fríamente faltando a mis creencias”.

Así pues, Monzón continuó en lo que creía y siguió danzando de acuerdo a su filosofía de la danza como arte. Luego de haber experimentado variados estilos en el ámbito dancístico, Monzón estuvo claro: “o ballet, o danza… o yoga”, agregó jocoso mencionando que aún lo practica. Sin embargo, aunque conoció la importancia del ballet, su primer amor fue la danza contemporánea y desde un principio se aferró a ella. “El bailarín contemporáneo vive la vida, por eso hay tanta variedad, porque es lo que siente el creador a la hora de hacer su danza, es la vivencia actual, como expresión de ahora (…) por eso es contemporáneo, es la nueva danza”.

Bailando con el Maestro

Estando en la Universidad, Vicente Nebreda lo invita a formar parte como solista de la compañía del Ballet Nacional de Caracas, de la cual él era director artístico. Monzón no se sentía en capacidad de bailar ballet, pero Nebreda lo convence y él acepta. Así tuvo la experiencia de bailar dentro del rígido mundo de posiciones corporales y rangos de una compañía de ballet, bajo la brillante dirección de dicho maestro.

“A mí (Nebreda) me encanta porque yo pienso que él es uno de los grandes que ha cambiado el ballet, inclusive los montajes clásicos como La Bella Durmiente, El Cascanueces (…) con todo eso el ha hecho un viraje maravilloso, y los Valses Venezolanos que él monto eran extraordinarios, la pureza de los movimientos, es muy neoclásico”, indicó Monzón respecto al coreógrafo.

Luego de trabajar durante un año con él, decide retirarse puesto que no se sentía bien, el ballet no era lo que buscaba: “la danza y el ballet no tienen nada que ver una con la otra, es como la noche y el día, no tienen absolutamente nada que ver, son concepciones diferentes, planteamientos diferentes”, aseveró Monzón, destacando una vez más su necesidad de libertad que solo podría conseguir con la danza contemporánea.

Movimientos en clima valenciano

A finales de la década de los 70, luego de numerosas experiencias como bailarín, Juan Monzón se convierte en profesor titular del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC), y con dicho nombre dicta talleres de formación en danza, a escala nacional e internacional. A mediados de los 80, por medio de la destacada María Luisa Bigott, le es ofrecida la formación de una escuela en Valencia y así decidió empezar con un grupo totalmente nuevo, el cual moldeó desde sus inicios. En 1992, gracias al subsidio ofrecido por el CONAC, dicha escuela se convierte en Escuela Nacional de Danza, Núcleo Valencia, la cual continúa hoy día.


En 1989, se formó la compañía conocida como “Valencia Danza Contemporánea”, cuyo nombre, Monzón hubiese preferido fuese modificado a “Errante Danza” pues este último expresa claramente su trabajo y lo que proyecta dentro de la compañía: “La contemporaneidad ya pasó, eso fue con (Merce) Cunningham; ahora es la nueva danza, la danza experimental”.

Respecto a su forma de trabajo, Monzón aclara: “mi técnica es una formación global y más abierta, cada coreografía es un lenguaje diferente”. Asimismo destacó que “cada coreógrafo ha creado su propia técnica para expresar lo que quiere decir en sus coreografías, aunque yo estoy en contra de eso, porque pienso que el contemporáneo y el ballet no cambian mucho cuando están muy sujetos dentro de la técnica, ésta coarta la libertad del movimiento”. La idea es “no perder la improvisación y la libertad del movimiento por la técnica”.

Una realidad

Siendo un maestro en la danza como lo es Monzón, resulta contrastante tomar en cuenta la situación que viven la compañía y la escuela que están a su mando. A falta de una sede oficial destinada a los inagotables ensayos, prácticas, entrenamiento y enseñanza, ambos grupos hacen vida activa dentro de las instalaciones del Teatro Municipal, en un espacio no pensado para tal fin.

La espera por un espacio propio, amplio y cómodo no es novedad para Monzón y para quienes trabajan no sólo por la danza sino para tantas otras expresiones de las artes. Monzón sigue a la espera de que algún organismo gubernamental le ayude a establecer una sede propia que se ajuste a las necesidades y exigencias de la enseñanza de la danza, asegurando que no será para su provecho, sino para el de sus alumnos.

Un hombre que hable de Merce Cunnigham, Martha Grahams e Isadora Duncan con tal emoción, es un artista innato, cuyo amor y pasión por el arte le impulsa a mantener las esperanzas de un porvenir mejor. El trabajo arduo y apasionado de un bailarín nunca cesa, así sea en condiciones poco óptimas. Por esta razón, Monzón siempre será un enamorado del arte de la danza, de la libertad de la expresión del cuerpo, un luchador insaciable y lleno de un sentimiento que fortalece el espíritu y lo hace crecer por medio del movimiento.

Escrito por Bernardette Rodríguez
Lunes 2 de Mayo de 2005 a las 3:11 pm ( 21,921 lecturas )

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